Había una vez una niña llamada Ana, quien vivía en un pequeño pueblo al pie de una gran montaña. Desde su casa, podía ver una hermosa estatua de una mujer con una corona en la cabeza. La gente del pueblo llamaba a esta mujer “María Reina”.

Un día, Ana decidió subir la montaña para ver la estatua de cerca. La escalada fue difícil, pero finalmente llegó a la cima. Se detuvo frente a la estatua y se preguntó quién era María Reina y por qué la gente la llamaba así.

 

Entonces, una luz brillante envolvió la estatua y Ana escuchó una voz suave y amorosa.

“Ana, soy María Reina. Soy la madre de Jesús y la reina del cielo y de la tierra.”

Ana se sorprendió al escuchar esto, pero sintió una gran paz en su corazón.

“¿Por qué eres reina?” preguntó Ana.

“Porque amo a mi hijo Jesús y a todos los hijos de Dios. Cuido de ellos y los protejo. Y como madre amorosa, siempre les pido a mi hijo Jesús que les dé lo que necesitan.”

Ana comprendió que María Reina era una madre amorosa que cuidaba de todos sus hijos. Desde ese día, todos los días subía a la montaña para hablar con María Reina y contarle sus preocupaciones y sueños.

Un día, Ana se enfermó gravemente y los médicos no pudieron curarla. Entonces, recordó a María Reina y subió a la montaña para pedirle ayuda.

María Reina apareció ante ella de nuevo y le dijo: “No te preocupes, hija mía. Voy a pedirle a mi hijo Jesús que te cure”.

Y así fue. Ana se curó milagrosamente y desde entonces se convirtió en una devota de María Reina. Cada vez que subía la montaña, sentía su amor y protección.

Ana contó su historia a la gente del pueblo y pronto se convirtió en una devoción popular. La gente comenzó a subir la montaña para rezar y pedir ayuda a María Reina.

 

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